viernes 10 de julio de 2009

Fin de curso



Yo no tengo duda: Ale no nació para las tablas. Sin embargo, la gente se esmera en hacerme cambiar de parecer. Ante el pánico a las multitudes, a los desconocidos, a la música con demasiado volumen, a la fiesta, al ruido... amigos y familiares suelen decirme que eso es normal, que poco a poco se va a acostumbrar, que en el colegio se vuelven más sociables. Yo no lo creo, pero he hecho todo lo que está en mis manos: la inscribí en la guardería, la llevo a piñatas y le pongo música en la casa.
Resultado: ninguno.
La mejor prueba de que mi hija es tímida y tiene un evidente futuro de filósofa fue su primera presentación en el mundo de los actos de fin de curso. Pongo las únicas dos fotos que pudimos rescatar de un evento en el que Ale estuvo sentada, cara-tapada-con-Ramón, chupete-en-boca, llorando cada segundo, mientras sus amiguitos ataviados con los más elaborados disfraces se robaban la escena.

*Por cierto, Ale es la vaquita que sale detrás del perico y del niño con la pandereta.

martes 30 de junio de 2009

La tristeza de quien no entiende nada

Yo me quedo sorprendida de lo capaces que somos de equivocarnos hasta lo más profundo del abismo de la equivocación. En este continente donde uno se la pasa tan bien queriéndose arrebatadamente, hay espacio para las más retorcidas aberraciones. El dictador, el gobierno personalista, la nueva moda de "instalarse" en el poder porque nadie-como-yo, que no es más que una Latinoamérica dictatorial reloaded, son apenas las más lejanas e impersonales consecuencias de vivir en esta sociedad que saca las peores cosas de lo peor que tiene.
Vivir el chavismo en Venezuela me ha hecho conocer cómo es que la tan admirada y poderosa comunidad internacional no sirve para nada. Sirve para lo que no queremos que sirva. En Venezuela se cometen atrocidades, una tras otra, día tras día, minuto tras minuto... y la comunidad internacional nada puede hacer... porque hay intereses, porque Chávez tiene poder.
Evidentemente no soy analista político, ni historiadora, ni internacionalista... no quiero serlo tampoco. Pero no deja de impresionarme, humanamente, cómo somos capaces de hundirnos y con nuestro peso traer a otros. Me pregunto si en esta dinámica hay alguna oportunidad para el sensato, para el culto, para el que acierta, para el que sabe, para el que no está equivocado, para el que habla sabiendo lo que dice. No la veo ni la encuentro, veo a mi alrededor gente rara cerrando las calles de una ciudad embotellada con pancartas que dicen "Honduras, resiste". Se me desploma el alma, y me pregunto qué diantres piensa esa gente... no porque esté a favor o en contra de tal o cual cosa de Honduras, sino porque ¡nos están matando en la calle, a todos, a chavistas y opositores! un hampa que crece desmedidamente. Nos están quitando los mejores años de nuestras vidas, están mutilando a nuestras familias y, lo peor de todo, nos están utilizando en nuestra condición de pobre pueblo pobre.
Tengo, debo decirlo a escondidas en esta nota negra, la esperanza de quien se sabe hija de Dios. Eso sí que no lo arrebata nadie.

lunes 15 de junio de 2009

De todo

Mi vida está llena de recuerdos hambrientos... recuerdo el hambre que pasé cuando nos fuimos de mochileros por Europa; recuerdo el sabor de la sopa de mi abuela, y de la salsa de carne de mi madre. En Pamplona recordaba a cada rato el sabor de las hallacas, del queso guayanés, del aguacate de La Candelaria, de una buena parrillada... Y de tanto recordar me mataba el hambre.
Con el embarazo mi apetito creió a ritmos desproporcionados. Es un recuerdo abrasador; pero el mejor es el del 15 de septiembre, primer día que Alejandra habitaba fuera de mi panza, cuando comí un plato de garbanzos y ¡quedé satisfecha! Tenía nueve meses sin sentir esa saciedad...

Así como la frase de mi amigo peruano, no logro dejar en el olvido la expresión de nuestro obstetra plamplonica, que en la primera cita de control del embarazo me dijo tajante: "¡usted no está enferma, puede comer de todo!"
En la cita siguiente, cuando bajaba de la balanza, sentenció: "yo le dije que podía comer de todo, no que se lo comiera todo.

lunes 8 de junio de 2009

De a poco


Un buen amigo me enseñaba a preparar causa peruana, y viendo lo que se avecinaba me advirtió:
Cuando se prueba para verificar la sazón, hay que probar de a poco, porque siempre se corre el riesgo de terminar comiéndose todo el plato antes de tenerlo listo.

Qué hambre tenía.

martes 2 de junio de 2009

Una vuelta más

Encontré un amigo en el avión: un estudiante de ingeniería de la Universidad de Navarra, venezolano, venezolanísimo, que se fue a probar suerte haciendo la carrera en el exterior. Pronto nos pusimos en confianza, y me preguntó cómo había sido la vuelta después de vivir afuera. Desplegué mi discurso que-no-ofende-a-nadie, que considera los argumentos del que emigra y que consiente la alegría del que se decide a volver. Le dije que en definitiva aprendimos a valorar lo mejor de aquí y lo mejor de allá, y al final, muy al final, me permiti ser sincera y le dije que no cambio mi tierra por otra y que no soporto vivir lejos.
Era justamente lo que él estaba buscando. Mi discurso racional se dio de golpe con su sensación de vuelta: y ese olor de La Guaira, es como el olor del calor… apenas bajar del avión me hace sentir en casa.
Que alegría concretar la añoranza en el encuentro con la familia, con la cama, con la cocina, con el techo de la habitación que se mira antes de dormir, con la mesa, con el salón… con la vida que habita en mi casa.

lunes 1 de junio de 2009

Los hijos

Toda la vida la pasó convencida de la idea progre de que los hijos vienen cuando uno quiere. Aquella amiga le dijo un par de veces que eso era mentira: que los hijos vienen cuando Dios los manda.

Un buen día decidió que ya era hora de que Dios le mandara los hijos… y se puso a buscarlos. En el intento reiterado cayó en cuenta de que aunque los quisiera, y aunque lo intentara, es Dios -siempre Dios- el que los manda.

Y se puso a pedirlos, más que a buscarlos. Y mientras pedía le decía a Dios que se había equivocado, que es cierto que los hijos no vienen cuando uno quiere, sino cuando Dios los manda.

Y Dios, que no se deja ganar en generosidad, viéndola convencida… se los mandó.

lunes 18 de mayo de 2009

El día después

Hoy me copio la entrada de Don Enrique Monaterio. Insuperable.

El día después
(Cuento para mayores, sin receta)


Catalina está un poco embarazada, casi nada en realidad. Su embarazo es tan pequeñito que casi no es embarazo. En un embarazo a lápiz, en papel borrador, que se va como ha venido. Además tampoco lo sabe seguro, porque la cosa fue ayer mismo.

Catalina tiene 15 años y va a la farmacia con frecuencia. Antes compraba regaliz y clerasil para los granos. Hoy comprará un antiácido, que no necesita receta, porque la lógica ansiedad del evento le ha generado un poquito de hiperclorhidria, y pedirá también un antibiótico para el flemón. El flemón es casi tan pequeño como su embarazo, pero para ése sí que lleva una receta que le dio el dentista.

Luego pedirá la píldora “porsiacaso” —así la llama su amiga Loli—, que vale 20 euros (Loli no, la píldora). Loli vale mucho más, porque su padre tiene pasta por un tubo y ha comprado varias píldoras (su padre no, Loli) para no tener que ir a la farmacia después de estar con Manolo. Catalina supone que “porsiacaso” no es el nombre auténtico del medicamento, pero Nieves, que es una farmacéutica superguay, se lo aclarará.

Catalina está nerviosa pero contenta. Gracias a la nueva píldora será más libre cuando esté con su primo Borja. Además le han explicado en el cole que mientras el embrión no anide te lo puedes quitar, porque es como si no existiera. Y la anidación sólo ocurre unos días más tarde.

Cuando la profe lo dijo en clase, Richi, que es un bocazas medio tonto, contestó: “Eso es como decir que hasta que el niño no esté en la cuna no es niño y te lo puedes cepillar”. Catalina se mosqueó y dijo que “no es lo mismo Richi, qué bruto eres”; pero todos se rieron porque ya sabían lo de ella y Borja.

Catalina llega a la farmacia, pero como hay una vieja (lo menos tiene 40 años) comprando, pide primero el almax para la acidez y el augmentine que le ha recetado el dentista. La farmacéutica se lo trae todo y le pregunta: “¿quieres algo más, guapa?”.

Como la vieja no se acaba de ir, Catalina aprovecha para pesarse y comprobar que los tres helados que se tomó con los coleguis le han engordado casi medio kilo. Se va la vieja, y entonces dice: “ah, se me olvidaba. También quiero…, la píldora esa… pa después, ¿mentiendes…?

Nieves la mira de arriba a abajo y le pregunta si es para después de comer o para después de ponerse ciega de cocacola con güisqui. Catalina se mosquea y le dice que ya sabe ella de qué está hablando y que tiene derecho a la píldora comosellame. Entonces Nieves le responde que en su farmacia no se despachan abortivos aunque venga la ministra con una pistola; que a lo hecho pecho, y que se lo piensa decir a su padre (al de Nieves no, al de Catalina) para que se entere de lo que hace la niña.

Catalina se marcha con un mosqueo considerable y va en busca de otra farmacia alejada de su casa donde no la conozcan. Al fin la encuentra y le dan la famosa píldora. ¿Sólo una?, pregunta la niña. El boticario se le ríe a la cara y le dice que para qué quiere más. “¿Es que te dedicas a eso? ¿Eres una profesional?”

Catalina se ha tomado la píldora con un vaso de Coca-cola light. Ella habría preferido una copa de Baylis, que es dulce como un caramelo y, con un poco de hielo, te pones la mar de contenta, pero es que el alcohol no se lo venden ni con receta.

Por la noche piensa que ya puede estar tranquila; que la cosa no ha tenido importancia, porque además lo más probable es que no estuviera embarazada. Y si lo estaba era un embarazo muy pequeñito, y el embrión no había tenido tiempo de anidar. O sea que Nieves es una exagerada, pero no le dirá nada a papá. Y si se lo dice, que se lo diga. Porque ella tiene sus derechos, que se lo ha oído a una ministra muy mona que hay ahora.

Catalina se mete en la cama. Siempre ha rezado tres avemarías, pero hoy le da cosa y no reza nada.

Apaga la luz y se pone a llorar como cuando era muy pequeña y no podía dormir sola.